
Tähe lleva los pendientes Nymphaea.
Cuando descubrí el trabajo de Tähe-Lee cautivó de inmediato su combinación única de precisión, profundidad y sensibilidad que logra hacer que la música clásica se sienta viva y cercana. Su interpretación transmite una calma magnética, esa que sólo se alcanza cuando alguien respira la música como parte de su propio ser.
En esta conversación de Persona Series, Tähe —pianista estonia de 21 años— nos habla de sus inicios, reflexiona sobre los retos que enfrenta la música clásica en el presente, su estilo personal dentro y fuera del escenario, y la manera en que la joyería se ha convertido para ella en un pequeño símbolo de equilibrio entre su arte y su vida.
Hola Tähe, ¿cómo te gustaría presentarte?
Soy Tähe, pianista estonia de 21 años. Vivo y respiro música clásica, y me encanta encontrar formas de compartirla: hacer que se sienta viva y cercana, no lejana ni inaccesible.
¿A qué edad descubriste tu pasión por el piano? ¿Recuerdas la primera pieza que interpretaste en público?
El piano ha estado en mi vida desde el principio: mi madre y mi abuela también son pianistas. Crecí con la música resonando en casa: me despertaba con ella, me dormía con ella. Para mí fue lo más natural seguir ese camino.
Uno de mis primeros recuerdos claros en el escenario es tocando en la sala de conciertos principal de Estonia una pequeña polonesa de Chopin. La sala estaba llena, y aun así no sentí miedo: era demasiado joven para tener pánico escénico, lo viví más como una interpretación casual que como un concierto.

Te especializas en interpretar y difundir música clásica, así como música estonia. ¿Qué emociones buscas transmitir cuando interpretas este repertorio sobre el escenario? ¿Cómo se refleja tu identidad estonia en tu interpretación?
Junto al repertorio habitual, he decidido llevar al escenario voces nórdicas: compositores como Grieg, Sibelius y, por supuesto, Arvo Pärt, de quien grabé la obra completa para piano. Su música tiene algo distinto, algo crudo y enigmático. Resulta misteriosa, fresca, casi intacta. A menudo surge de melodías populares, con un aire místico y atemporal. Quiero llevar esa atmósfera al público, dejar que experimenten ese misterio silencioso.
En cuanto a mi identidad estonia, creo que se refleja en mi forma de tocar. Soy muy introvertida en el escenario. No me muevo demasiado, no exagero, no intento “representar” la música hacia fuera. Prefiero dejar que la música hable por sí sola.
¿Cómo ves el estado actual de la música clásica en la escena internacional? ¿Qué retos crees que enfrenta este género a la hora de conectar con las generaciones más jóvenes?
Es un momento frágil. En Occidente el público disminuye; la capacidad de atención es breve. La música clásica requiere tiempo, paciencia, la voluntad de entrar en su ritmo de otro mundo. Pero no creo que esté muriendo: creo que necesita nuevas puertas. Una es las redes sociales. Otra, la educación. Y también está la fuerza de la colaboración: vincular la música con otras artes, como cuando hace unos años interpreté Miroirs de Ravel junto a danza contemporánea. El público tenía mi edad, muchos nunca habían asistido a un concierto de música clásica, y sin embargo quedaron hipnotizados. Estas fusiones demuestran que la música clásica aún puede sorprender, aún puede seducir.
Uno de tus vídeos interpretando la Toccata de Widmann se hizo viral en redes sociales, una pieza que destaca por su rareza y su carácter explosivo, casi teatral. ¿Cómo describirías esta obra a alguien que nunca ha escuchado música contemporánea?
Es salvaje, casi anárquica, y al mismo tiempo llena de ritmo y precisión. La obra trata de la continuidad, de la energía, de un motor que no se detiene. Lo que la mayoría recuerda es el final —cuando golpeo la tapa del piano, cuando llamo al instrumento—, pero en realidad es la culminación de una construcción muy estructurada e intensa.
La primera vez que vi una interpretación en Internet, me reí: era tan sorprendente, tan inesperada, que supe que tenía que aprenderla. Tocarla es como liberar una tormenta que llevas dentro.
¿Qué emociones experimentas al interpretar una pieza tan frenética y exigente?
Es una prueba tanto física como mental. La obra es técnicamente agotadora, así que debo planear bien mi energía: no puedo perder la concentración a mitad. Y al final, en la parte excéntrica y teatral, necesito mantener el rostro serio y seguir dentro de la música, incluso cuando el público se sorprende o se ríe. Es intenso, pero eso es lo que la hace tan gratificante.
¿Hay alguna obra musical o sala de conciertos en la que sueñes con tocar algún día?
Aprecio cualquier sala con un buen piano y un público que escucha con calidez. Pero sí, sueño con ciertos lugares: el Wigmore Hall en Londres, el Carnegie Hall en Nueva York. Tienen una historia que hace que cada nota resuene de manera distinta.
Los conciertos suelen implicar un código de vestimenta que exige atuendos elegantes, adecuados para el escenario. ¿De qué manera esta expectativa profesional ha influido en tu estilo personal?
La música clásica tiene sus propios códigos de elegancia: en el escenario, pero también fuera de él, en la parte social de la profesión. Conocer gente, asistir a cenas después de los conciertos… todo eso requiere cierta presencia. En los últimos años he construido conscientemente un vestuario de piezas atemporales y elegantes que me sirven tanto dentro como fuera del escenario.
¿Cómo describirías tu estilo personal dentro y fuera del escenario?
En el escenario, el color juega un papel para mí. Tengo unos veinte vestidos de concierto, cada uno asociado en mi mente a un compositor: Rachmaninov es rojo, Grieg azul agua, Schumann naranja. Durante años, mis vestidos eran más de “princesa”, decorados y dramáticos, pero ahora prefiero las líneas limpias, la elegancia atemporal, algo más moderno.
Fuera del escenario me inclino hacia la misma elegancia, pero también adoro la comodidad: vaqueros, zapatillas, sudadera. Necesito ambos mundos.
¿Tienes algún talismán o amuleto que te acompañe en tus actuaciones?
No exactamente, pero sí pequeños hábitos que me ayudan a centrarme. El día de un concierto me gusta repasar el programa una vez más y, si puedo, echarme una siesta corta. Ese es mi ritual, mi sustituto de un amuleto.

¿Qué importancia tiene la joyería para ti? ¿Recuerdas alguna pieza que te haya marcado especialmente?
Como pianista, la joyería siempre me ha parecido restrictiva: no puedo tocar con anillos ni pulseras. Durante mucho tiempo las evitaba por completo. Pero hace alrededor de un año compré mi primer anillo: una pieza de plata llamativa, de diseño muy moderno. No puedo llevarlo al practicar, pero lo tengo siempre conmigo y me lo pongo después de tocar. Tiene un valor especial: es un pequeño símbolo de reclamar algo para mí misma fuera de la música.
Desde tu punto de vista, ¿qué hace única la joyería de Carla Souto?
Lo que más me impresiona es lo atemporales que son sus piezas. Tienen una elegancia universal, de la que no necesita imponerse, simplemente encaja, sin importar quién la lleve o en qué contexto. Cada pieza resulta a la vez moderna y eterna, hay una belleza rara en ese equilibrio. Además, admiro que cada colección tenga una historia, lo que convierte las piezas en algo más que adornos: se vuelven personales.
