Durga Chew-Bose, directora de Bonjour Tristesse (2024), construye un universo cinematográfico lento, elegante y melancólico, donde la narrativa fragmentaria y la observación de lo cotidiano crean una experiencia visual íntima y envolvente. Desde su estreno, la película se ha convertido en una referencia constante, una obra a la que regreso una y otra vez por su capacidad de crear un espacio suspendido en el tiempo, donde la yuxtaposición de fragmentos, el ritmo lento y la sensibilidad visual generan un entorno casi habitable.
Su trabajo se sitúa entre el cine, la literatura y la cultura visual, con una mirada centrada en la moda como experiencia vivida, así como en temas como la identidad, el cuerpo y la feminidad. Sus escritos forman un cuerpo coherente y sensible, profundamente atento a lo emocional y a los pequeños gestos de la vida diaria.
Hola Durga, ¿cómo te gustaría describirte?
Hija. Cineasta. Madre. Escritora. Esposa. Artista. Insomne.
Tus libros y escritos forman un mismo cuerpo: fragmentario, íntimo, visual y profundamente atento a la emoción. ¿Cómo es tu proceso de creación y cuándo decides formalizar en palabras una emoción o sentimiento?
Mi proceso creativo, actualmente, porque tengo un recién nacido, implica mucho hacer varias cosas a la vez… con la imaginación. Escribo en mi cabeza, resuelvo problemas de los personajes en mi cabeza, camino y hablo conmigo misma sobre mis personajes y las historias que me gustaría contar. Por la noche, las ideas son más salvajes y arriesgadas y, si tengo suerte, las recuerdo por la mañana. He aprendido a no escribirlo todo. Si tiene que ser, será. Las palabras llegan por sorpresa, me emboscan. Otras veces, cuando no llega nada, espero. Siempre hay algo más o alguien más que me necesita. Pelo una clementina y, de repente, siento la necesidad de correr al ordenador para anotar algo. Estoy leyendo una frase en un libro y me asombra lo claramente que articula algo que yo ya sabía. Me siento nutrida por todo el trabajo que aún me queda por hacer.
En tus textos, el silencio no es una falta, sino una presencia constante, al igual que lo que ocurre fuera de escena. ¿Este estilo de escritura responde a una manera concreta de entender la intimidad, el respeto y la relación con quien lee o mira? ¿Qué esperas que ocurra en la mente del lector o espectador cuando se enfrenta a lo no hablado?
Me encanta escuchar. Me encanta observar lo que sucede. Solo quiero que mi trabajo ocupe la mitad de la experiencia del lector o del espectador. El resto les pertenece.
En 2024 diste el salto como directora con la película “Bonjour Tristesse”, la cual ya se ha convertido en una de mis favoritas, como una continuidad natural de tu manera de mirar y componer. ¿Qué fue lo que te hizo decidirte por esta adaptación del libro de François Sagan como tu primera obra cinematográfica?
Se lo debo a mis productoras: Lindsay Tapscott y Katie Bird Nolan. Era su sueño y luego se convirtió en nuestro sueño. Ellas tuvieron la visión de mi adaptación y, juntas, construimos el mundo de Cécile. Había tantos elementos del libro que me llamaban la atención visualmente. Estar dentro de la cabeza de Cécile era complicado, pero también un reto que se presentó a través de elecciones románticas. Me encantó intentar discernir qué conservar y qué hacer mío. Me fascinaba la relación padre-hija y quería honrarla. También me interesaban mucho las mujeres: la forma en que se enfrentan entre sí, se reflejan o se convierten en musas unas de otras. La naturaleza compleja de sentirse inspirada por alguien en quien quizá no puedes confiar.
Cuando te concedes el tiempo de mirar más despacio, ¿qué imagen cinematográfica aparece como umbral de tu proceso creativo?
Hmm… no estoy segura de entender la pregunta. Pero ayer pensaba mucho en The Red Shoes, una película a la que vuelvo con frecuencia. Su mezcla de magia, asombro y representación es desgarradora. Trata realmente de hacer arte y de las grietas oscuras que son necesarias para crearlo. La secuencia de ballet de The Red Shoes todavía me da miedo, en el mejor sentido. Ese tipo de miedo que seduce.
De hecho, he empezado a vestirme un poco como mi hijo pequeño. Juguetona. Cómoda. Pero con estilo. Me gusta un gorro de invierno llamativo. También me encanta desaparecer bajo la ropa, pero desaparecer con intención. Por ejemplo, me encanta llevar distintos tonos de negro.
Sí. Pero siempre regreso a algunas piezas básicas. Joyas y una camiseta, por ejemplo. Oversize, pero con oro. Nada ceñido. El cuerpo es un borrón. Largo. Algodón desgastado. Lana que no parece lana. Sudaderas vintage con las mangas cortas: siempre dejando ver las muñecas.
¿Cuál es tu relación con la joyería? ¿Hay alguna pieza que te haya marcado?
Un anillo con la letra D que se ha transmitido en mi familia. Ahora lo llevo en el dedo índice. Se ha vuelto muy fino. Me encanta el oro amarillo y mezclar plata, y me encanta olvidarme de quitarme piezas más sofisticadas y llevarlas al día siguiente con una sudadera que no pega… pero sí pega, ¿sabes? Me gusta una cuenta al azar. Me gusta cuando las joyas capturan la luz y te recuerdan que están ahí. Quiero hacerme más piercings.
¿De qué manera crees que una joya puede convertirse en un archivo emocional, guardando recuerdos y nostalgias sin necesidad de palabras?
Mi hijo llama a mis joyas “tesoros”. Me pregunta si podemos sentarnos en la cama y ordenarlas. Me pregunta por las herencias, quién me regaló qué, y cómo se cierra un cierre. Sus preguntas y su curiosidad han añadido esta nueva capa de valor. Estos momentos que compartimos han transformado mi colección en algo que va más allá del objeto.
¿Qué destacarías de la joyería de Carla Souto?
Me encanta cómo se siente desgastada, como si hubiera estado al aire libre. Sin duda, mi hijo la llamaría tesoro.